Un
día Abel fue con sus padres de visita al Museo Arqueológico de Córdoba pues a
él le encantaba la idea de ver obras que habían existido en la antigüedad,
especialmente los restos romanos.
Al
llegar, estuvieron paseando por todas las colecciones, contemplándolas con gran
admiración, mientras que a Abel cada colección le parecía más maravillosa de la
que había visto antes.
Tal
fue su admiración y agitación, que pronto le empezó a entrar mucho sueño y se
durmió en una de las salas, mientras que sus padres lo empezaron a buscar como
locos hasta que lo encontraron dormido, lo cogieron con cuidado que no se
despertara y lo llevaron a casa.
Cuando
llegaron a casa, acostaron a Abel y ellos se durmieron. Entonces, Abel empezó a
soñar….
Era
de noche, él se encontraba en el museo completamente solo, ya que sus padres e
incluso los guardias se había ido. Empezó a oír miedo, ya que oía ruidos raros,
así que corrió a esconderse a una de las salas y esperó un poco hasta que el
ruido hubiese desaparecido.
Cuando
ya todo estuvo tranquilo, el niño salió de su escondite y vio algo que le
impresionó de verdad.
Pudo
ver como todas las esculturas del museo habían cobrado vida, las figuras
humanas charlaban animadamente unas con otras y las esculturas de los animales
correteaban por las diversas salas del museo. Viendo esto el niño se quedó de
una pieza, y por accidente, hizo caer una vasija antigua que estaba en un
pilar, alertando así a las esculturas.
Todas
se acercaron miraban con detenimiento a Abel, el cual temblaba de miedo. De
entre los animales, el león ibérico de Nueva Carteya se le acercó, y en lugar
de empezar a atacarles, empezó a lamerle toda la cara y abrazar a un
sorprendido Abel. La escultura de Mithras de Cabra se abrió paso entre todas
las estatuas, y mirando al pequeño dijo:
-
Niño, ¿quién eres tú?
-
Me he perdido…. ¿Por qué estais vivos? –
respondió el pequeño temblando.
-
Nadie lo sabe, pero en la noche cuando
nadie nos ve, tomamos vida propia y podemos hablar y jugar entre nosotros –
dijo Mithras.
-
Eso es impresionante – se sorprendió a
Abel.
-
¿No se lo contarás a nadie verdad? – le
dijo otra escultura.
-
No, nunca se lo contaré a nadie, respetaré
vuestro secreto, pero a cambio, ¿me dejáis jugar con vosotros? – respondió
Abel.
-
Claro – contestaron muchas esculturas al
unísono.
Y
así, Abel pasó toda la noche hablando y jugando con las esculturas, pasándoselo
en grande. También jugó con los animales, se subía encima de ellos y dejaba que
éstos lo llevaran de un lado a otro. Esa noche, Abel fue el niño más feliz del
universo, hasta que oyó un ruido molesto, despertándose así en su propia
habitación con su madre llamándole al lado de la cama.
-
Buenos días Abel, ¿cómo has dormido?
-
Hola mamá, he dormido muy bien y he tenido
un bonito sueño – le respondió Abel emocionado.
-
¿Qué has soñado? – le preguntó su madre.
-
Es un secreto, pero te diré que de mayor
quiero ser arqueólogo y descubrir las cosas más bonitas y antiguas que nadie ha
descubierto jamás – dijo Abel emocionado.
FIN.
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