martes, 21 de noviembre de 2017

Noche en el museo

Un día Abel fue con sus padres de visita al Museo Arqueológico de Córdoba pues a él le encantaba la idea de ver obras que habían existido en la antigüedad, especialmente los restos romanos.
Al llegar, estuvieron paseando por todas las colecciones, contemplándolas con gran admiración, mientras que a Abel cada colección le parecía más maravillosa de la que había visto antes.
Tal fue su admiración y agitación, que pronto le empezó a entrar mucho sueño y se durmió en una de las salas, mientras que sus padres lo empezaron a buscar como locos hasta que lo encontraron dormido, lo cogieron con cuidado que no se despertara y lo llevaron a casa.
Cuando llegaron a casa, acostaron a Abel y ellos se durmieron. Entonces, Abel empezó a soñar….
Era de noche, él se encontraba en el museo completamente solo, ya que sus padres e incluso los guardias se había ido. Empezó a oír miedo, ya que oía ruidos raros, así que corrió a esconderse a una de las salas y esperó un poco hasta que el ruido hubiese desaparecido.
Cuando ya todo estuvo tranquilo, el niño salió de su escondite y vio algo que le impresionó de verdad.
Pudo ver como todas las esculturas del museo habían cobrado vida, las figuras humanas charlaban animadamente unas con otras y las esculturas de los animales correteaban por las diversas salas del museo. Viendo esto el niño se quedó de una pieza, y por accidente, hizo caer una vasija antigua que estaba en un pilar, alertando así a las esculturas.
Todas se acercaron miraban con detenimiento a Abel, el cual temblaba de miedo. De entre los animales, el león ibérico de Nueva Carteya se le acercó, y en lugar de empezar a atacarles, empezó a lamerle toda la cara y abrazar a un sorprendido Abel. La escultura de Mithras de Cabra se abrió paso entre todas las estatuas, y mirando al pequeño dijo:
-          Niño, ¿quién eres tú?
-          Me he perdido…. ¿Por qué estais vivos? – respondió el pequeño temblando.
-          Nadie lo sabe, pero en la noche cuando nadie nos ve, tomamos vida propia y podemos hablar y jugar entre nosotros – dijo Mithras.
-          Eso es impresionante – se sorprendió a Abel.
-          ¿No se lo contarás a nadie verdad? – le dijo otra escultura.
-          No, nunca se lo contaré a nadie, respetaré vuestro secreto, pero a cambio, ¿me dejáis jugar con vosotros? – respondió Abel.
-          Claro – contestaron muchas esculturas al unísono.
Y así, Abel pasó toda la noche hablando y jugando con las esculturas, pasándoselo en grande. También jugó con los animales, se subía encima de ellos y dejaba que éstos lo llevaran de un lado a otro. Esa noche, Abel fue el niño más feliz del universo, hasta que oyó un ruido molesto, despertándose así en su propia habitación con su madre llamándole al lado de la cama.
-          Buenos días Abel, ¿cómo has dormido?
-          Hola mamá, he dormido muy bien y he tenido un bonito sueño – le respondió Abel emocionado.
-          ¿Qué has soñado? – le preguntó su madre.
-          Es un secreto, pero te diré que de mayor quiero ser arqueólogo y descubrir las cosas más bonitas y antiguas que nadie ha descubierto jamás – dijo Abel emocionado.
FIN.


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