Laika era una perrita muy
dulce que vivía en un pueblo llamado Aldecoa, al principio era una perrita muy
feliz que vivía con sus dueños en una casita blanca con una bonita valla y un
gran prado, pero hace un mes, el dueño de Laika se había vuelto una persona muy
violenta que maltrataba a toda su familia y a Laika llegó un día en que le dio
un brutal paliza y no contento con eso, la echo a la calle.
Por las calles entonces vagaba
Laika, totalmente hambrienta y con algunas heridas provocadas por la paliza de
su dueño. La primera noche Laika la tuvo que pasar al aire libre con el frío de
la noche y durmiendo en el suelo y conforme pasaban los días se sentía mucho
más hambrienta y débil por las heridas, las cuáles se le habían infectado.
De pronto, cuando la perrita
estaba a punto de morir, se encontró con una dulce chica de ojos azules y pelo
castaño que se apiadó de ella y se la llevó a su casa. La chica que se llamaba
Amaia le dio de comer y beber agua, le curó todas las heridas lo mejor que pudo
y le proporcionó un lugar para dormir y con todo esto, Laika sentía que su
suerte empezaba a cambiar.
Pronto Laika y Amaia se
hicieron las mejores amigas y hacían todas las tareas de la vida cotidiana
juntas, es decir comían juntas, dormían juntas, hasta que se volvieron
inseparables y no se separaban la una de la otra. Cuando Amaia se tenía que ir
Laika se ponía muy triste y la esperaba junto al lado de la puerta de la
entrada hasta que la chica llegaba.
Un día Laika y Amaia estaban
paseando en la calle y vieron a una niña jugando con su pelota que
accidentalmente se le escapó hacia la calzada. Viendo esto Amaia fue a por la
pelota cuando de repente vino un coche a gran velocidad, no dando tiempo a
Amaia a escapar del destino que le sobrevenía. Percatándose de esto, Laika
salió corriendo rápidamente y se puso entre Amaia y el coche y así el coche
terminó atropellando a la perrita que sufrió varias heridas y cortes graves
además de varias lesiones.
Amaia percatándose del estado
de Laika, rápidamente la cogió y se aproximó hasta el centro veterinario más
cercano donde le dijeron que Laika estaba muy grave y que iban a practicarle
una operación de urgencia para sus lesiones, al oír esto Amaia rompió a llorar,
no se podía creer que su mejor amiga se iba y todo por salvarla a ella. Antes
de practicarle la operación, Amaia pasó a ver a Laika y la encontró muy débil
conectada a una máquina que le permitía respirar y con multitud de vendas por
todo su cuerpo y viéndola así Amaia estaba rota del dolor y dijo:
-
Hola querida amiga, aún no tengo palabras por
lo que hiciste por mí, si tú no te hubieras interpuesto entre el coche y yo
ahora sería yo la que estaría como tú. Sé que eres solo un perro, pero te
quiero mucho y siempre estaré agradecida por lo que hiciste por favor no te
vayas de mi lado.
Dicho esto, Amaia salió de la
habitación y los veterinarios se dispusieron a operar a Laika, pasando así unas
dos horas de operación, por lo que Amaia ya estaba desesperada y temiendo que
algo malo le hubiese pasado a Laika. Ya cuando la niña se disponía a preguntar
a algún veterinario sobre la operación, vio que la luz intermitente que se
situaba por encima de los quirófanos se apagó y de ahí salió el veterinario que
le dijo a Amaia:
-
La operación, aunque ha sido complicada, hubo
un momento en que se nos fue, pero milagrosamente volvió lo que demuestra que
tu perrita tiene muchas ganas de vivir a tu lado y en efecto ella se recuperará
por completo.
Oyendo esto, Amaia lloró de
felicidad y pidió ver a Laika, a lo que el veterinario accedió gustosamente. Al
pasar a la habitación donde estaba la perrita, Amaia se abrazó a ella llorando
y le dijo:
-
Mi buena amiga, yo sabía que nunca me dejarías,
aún podremos pasar mucho tiempo juntas y ahora con lo que ha pasado, te querré
mucho más que antes y te estaré eternamente agradecida que, aunque solo seas
una perrita, para mi eres mi salvadora.
Oyendo a Amaia, Laika abrió
los ojos débilmente y le mostró a la niña una de sus sonrisas, acompañándolo de
un ladrido como queriendo indicar el gran sentimiento que la unía a Amaia y
agradeciéndole que un día, ella también la salvará de morir en la calle.
Y así fue como Laika y Amaia
vivieron felices queriéndose la una a la otra como ninguna persona pudiera
querer a un animal y así continuarían hasta el final de sus vidas.
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