sábado, 31 de marzo de 2018

El profesor y su objeto más preciado (parte 2)


Buscó una y mil veces en su cartera, en sus pantalones, en su americana, pero nada. No había rastro de su bolígrafo y el tiempo jugaba en su contra. “¿Cómo iba a corregir los exámenes?”, “¿Qué les diría a sus alumnos cuando entrara por la puerta del aula?”.
Se sentía perdido, confuso. “¿Quién era él sin su bolígrafo rojo?”, “¿Cómo sería capaz de resaltar los errores en los exámenes de sus alumnos?”,” Había que hacer algo y rápido”.
Sin tiempo que perder, empezó a buscar un nuevo bolígrafo rojo. Seguro que tenía alguno escondido en algún cajón. Busco por todos los cajones de su escritorio, pero no fue capaz de encontrar ninguno. Entonces se acordó de que tal vez podría encontrar uno en la vieja sala de profesores. Rápidamente, se dirigió a la otra sala y empezó a buscar por todos los cajones y muebles. Con sus manos iba palpando todos los objetos que en ese cajón se habían acumulado y por fin había encontrado un bolígrafo. 
El profesor suspiró aliviado ya que por fin podría conseguir su ansiado cometido. No tenía tiempo que perder, un centenar de exámenes le estaban esperando encima de la mesa para que los corrigiera, y ya tenía en mano el bolígrafo que quería, por lo que podría volver a ejercer su poder de profesor. Con el bolígrafo en la mano, Don Antonio se sentía el hombre más poderoso del mundo.
Viendo esto, el profesor se sentó frente a su escritorio y encendió su vieja lámpara de aceite para proceder a la corrección de exámenes. Cogió el primer examen con su mano izquierda mientras que con la mano derecha sostenía el querido bolígrafo que felizmente había encontrado en un cajón.
CONTINUARÁ....

martes, 27 de marzo de 2018

El profesor y su objeto más preciado (parte 1)


Corría el año 1966 y como cada día de clase, Don Antonio se sentaba frente a su escritorio para disponerse a corregir los exámenes de cálculo que había realizado ese mismo día a sus alumnos. Era un ritual que se había mantenido inalterable desde hacía innumerables cursos.
Al igual que la casa en la que vivía con su madre, el escritorio de Antonio era austero, tan austero que sólo tenía una lámpara que había sido testigo de miles y miles de correcciones. La soledad de la lámpara sólo se veía trastocada cuando el hombre sacaba de su cartera, los exámenes y su bolígrafo rojo. Pero aquel domingo algo cambió para siempre la rutina del flamante profesor.
Faltaban menos de cinco minutos para que los alumnos pudieran salir, cuando el profesor se dispuso a sacar de su cartera los exámenes que se había hecho ese día. Tras colocarlos encima de su escritorio al lado de su lámpara, volvió a coger su cartera para sacar su bolígrafo rojo. Y entonces sucedió algo inesperado. Su bolígrafo rojo había desaparecido.
La relación de Antonio con su bolígrafo rojo era una relación muy especial. Cuando el profesor cogía en mano su bolígrafo rojo, el caballero se sentía más poderoso e imperial que si no tenía este preciado objeto.
A el profesor le encantaba corregir los errores que los alumnos curso tras curso cometían en sus exámenes. Él era muy meticuloso en sus correcciones y su bolígrafo rojo era implacable. No había un sólo error que se le escapara. Don Antonio no sólo corregía exámenes: tachaba párrafos erróneos, rodeaba con círculos las palabras mal escritas, ponía signos de exclamación e interrogación en respuestas equivocadas o mal expresadas. No había un solo error que el profesor no detectara en un examen. No había una sola equivocación que la tinta de su bolígrafo rojo no dejara impregnada en un examen.
CONTINUARÁ....

lunes, 26 de marzo de 2018

Mi madre y su doble vida


«¡Oh, no!», exclama el muchacho al ver cómo su madre, en aquella vieja película triple equis, una preciosidad de veintitantos años que sabía las pasiones que desataba, se pone en pie y se quita el bikini, contoneándose como una serpiente, al ritmo pausado de la música sensual que sonaba (esos grandes ojos del color de la miel, con su grueso fleco de pestañas, son incapaces de despegarse de la cámara; dicen: «ven a mí, tócame, juega conmigo, viólame») y cuando sólo lleva puestos los zapatos de tacón de aguja, despacio, dibujando un beso con los rollizos labios colorados, con un brillo triunfal en las pupilas, expresión de puta experta que ya sabe qué hacer para satisfacer al cliente exigente, se arrodilla entre las piernas velludas, entre los pies que el musculoso hombre desnudo, un negro echado bocarriba sobre la cama matrimonial, apoya en el suelo alfombrado. Y al muchacho le enfurece que su propio cuerpo vibre contra su voluntad, que la boca se le llene de saliva densa y dulce, que la respiración se le altere, que sea incapaz siquiera de realizar una tarea tan sencilla como levantarse de la butaca y abandonar para siempre esa decrépita y semivacía sala de cine, que haya visto a su madre con las tetas y los genitales al aire y que ahora, ahora que los labios bucales de ella se amoldan, golosos, al encabritado pene del negro, no pueda sacarle los ojos de encima, como si se hubieran quedado pegados a la pantalla.

jueves, 22 de marzo de 2018

Carta de una hija a su padre


Papá:
He decidido escribirte esta carta, porque a lo largo de mi vida he aprendido que el rencor y la sed de venganza, solo me hacen daño a mí misma, ya que en muchas ocasiones no comprendí tu partida, ni por qué tenía que decir siempre ante mis amigos esa incómoda frase “Yo no tengo padre”, que tanta tristeza me causaba por dentro. Hoy y por medio de las siguientes palabras, quiero decirte todo lo que durante este tiempo has significado para mí, más allá de tu ausencia.
No sé ni cómo te llamas, y tampoco quiero ni necesito saberlo. Si estás leyendo estas líneas, probablemente estés pensando que te escribo tan solo para reclamarte lo mal padre que has sido, pero este no es el caso. Solo te escribo para decirte que te perdono.
Te perdono porque tu ausencia me enseñó a ser una persona fuerte y valiente; te perdono porque no tenerte me hizo ser la mujer que soy hoy en día; te perdono porque nunca me hiciste falta; cuando era una niña y en la escuela hacían fiestas por el día del padre, mi abuelo siempre estuvo allí para mí. Él fue el mejor padre que pude haber tenido.
Cuando alguien me preguntaba por mi papá, yo respondía que no tenía padre, porque la vida me había regalado una segunda opción mucho mejor: mi abuelo, ya que él me enseñó todo lo que tenía y lo que yo necesitaba saber, para convertirme en la persona y en la mujer que soy hoy en día. Mi abuelo nunca me habló mal de ti; me enseñó a no sentirme menos ni diferente porque tu no estuvieras; me enseñó a ser feliz y agradecida, por todo lo hermoso que la vida me había regalado.
Te perdono por empujarme lejos de ti; esto me ayudó a tener que buscar nuevas armas para defenderme ante el mundo.
Conté siempre con mi abuela; ella me enseñó a ser una mujer honesta, sincera, y por sobre todo a nunca lastimar a nadie; a no mentir, a valorar a las personas por tal y como son y a serle fiel a mis sentimientos y emociones.
Te perdono por nunca ocupar tu papel de padre; mamá siempre vio por mí y por mi hermano, ella supo sacarnos adelante sola, consiguió un trabajo y fue padre y madre. A veces no le fue posible darnos lo que ella siempre hubiese querido, pero te aseguro que nos dio lo mejor de sí misma; no faltó a ningún acto escolar, ni a ninguna fiesta o evento social; tiene fotos de cada uno de ellos; fue la mujer más maravillosa y amorosa que he conocido, y te aseguro que nos enseñó muy bien a no necesitarte.
Te perdono por todas estas cosas; logré tener una vida sin ti, actualmente estoy a mitad de mi carrera universitaria, y llegué hasta aquí sin ti. De alguna manera, creo que tu ausencia me enseñó a ser una mejor persona, hoy sé muy bien el tipo de padre que quiero para mis hijos.
No tenerte, me inspiró a tener que salir al mundo a buscar por mí misma la felicidad y el éxito. Nunca te necesité y hoy en día tampoco lo hago; tengo una familia que ha crecido conmigo y ha estado siempre para apoyarme; he conocido personas que poco a poco han ido llenando el vacío que tu dejaste.
Te perdono papá, porque si bien tu abandono me dolió en algún momento, gracias a él aprendí que el dolor es parte de la vida y que, si bien el amor de un padre es importante, el amor es incondicional y no importa de dónde viene o quién nos lo da.
Te perdono, porque gracias a ti he aprendido que el odio y el rencor no me lleva a ninguna parte y gracias a ello aprendí a perdonar…a perdonarte.
Así que recuerda siempre: nunca arruinaste mi vida, al contrario…soy una mujer feliz y tu partida me enseñó muchas cosas. Tu tampoco te atormentes por haberme dejado, recuerda que te he perdonado, así que tú también sé feliz.
Sinceramente, espero que tú también hayas encontrado la felicidad, así como yo lo hice. Te perdono papá, por ser el hombre que me creó, pero que nunca me quiso.
Atentamente:
Tu hija.


miércoles, 21 de marzo de 2018

Viaje al Infierno (parte sexta)


Agotado, sin palabras y emocionado, tenía nuevos héroes en ese podio de personas a las que admirar y desde ese momento tengo un respeto reverencial a todos los mineros del planeta, a toda esa gente que trabaja en lo que para muchos es el inframundo, la boca del infierno.
Potosí lo ha sido y lo sigue siendo. Ha visto perder muchas vidas, aunque su llama maldita no se ha terminado. Quizás porque se quiere extraer hasta la última gota de una plata que por siempre estará teñida de esfuerzo, dolor, sangre y lágrimas derramadas.
Si unas horas me habían trastornado, cómo debe ser pasarse más de media vida en las entrañas de Cerro Rico, escuchando detonaciones y sabiendo que las minas se han llevado ya a demasiados. Sin duda es una experiencia durísima, pero necesaria para ponerse en la piel de los otros y comprender por momentos cómo debe ser el infierno.

FIN

martes, 20 de marzo de 2018

Viaje al Infierno (parte quinta)


En las minas de Potosí, la boca del infierno, sólo nos faltaba toparnos con el mismo Demonio, pensé al encontrarnos de cara con una estatua de lo que a todas luces parecía Satanás, con sus cuernos y todo, vistiéndole un mar de tiras de confeti y tenía una mirada hierática y seca.
Cuando le preguntamos a nuestro amigo minero nos contó la historia tanto de aquella como de muchas de las estatuas de aspecto demoníaco que hay en el interior de Cerro Rico. Explicó que no se trataba de Lucifer ni mucho menos, sino de lo que ellos llaman “El Tío”, el cual representa el doble universo de las creencias indígenas y las traídas por los conquistadores, la cual decía que, desde hace mucho, la cosmogonía andina nos hablaba de la tradición de adorar a un ser de las profundidades que, supuestamente era el esposo de la ya mencionada Pachamama. En lugares como cuevas o minas como las potosinas en las que estábamos, él era el ser que podía salvar a la gente o, por el contrario, maldecirla. Por tanto, siempre se trataba de contentar al Tío con oraciones y ofrendas.
Hoy se continúa adorando al Tío, cuyo nombre procede de la inexistencia de la letra “d” en quechua. Y es que ellos lo trataban de castellanizar diciendo Dios… pronunciado Tios. Con el tiempo se perdió la “s” y al ser de las profundidades se le conoció para siempre como El Tío.
Me llama mucho la atención comprobar cómo muchos de los nativos americanos acoplaron sus creencias a la nueva religión traída del viejo mundo. Siempre se ha dicho que América es hoy día la reserva espiritual del cristianismo en el mundo, aunque sin dejar de lado su Fe y cultura en la que dioses como la Pachamama y El Tío tienen cabida. En cierto modo ellos son la Naturaleza, y en realidad representa lo que vemos, olemos, tocamos, y de lo que vivimos todos.
Después continuamos vagando por las oscuras galerías, casi sin sentir las piernas y estar casi sin respirar aire puro, apreciamos un lejano punto de luz. Todo era en línea recta y en apenas un par de minutos teníamos la salida, el final de un larguísimo caminar. En ese momento entendí con razones lo que era ver la luz al final del túnel.


CONTINUARÁ....

lunes, 19 de marzo de 2018

Viaje al Infierno (parte cuarta)


Mascaba constantemente las hojas de coca que había comprado el día que había visitado el Salar de Uyuni. En realidad, trataba de imitar a los propios bolivianos, haciendo una pelota que colocaba en un extremo de la mandíbula, la cual conviene tenerla y olvidarse prácticamente de ella, absorber muy lentamente su mezcla con saliva. Una ligera sensación de que se le duerme a uno la lengua es normal por los muchos efectos que tiene esta hierba, y es lo mejor para el mal de altura, para sofocar ese soroche maldito que afecta a quienes se enfrentan a una altitud a la que no están acostumbrados.
Nuestro guía nos iba contando muchas batallitas de cuando trabajaba en la mina. La verdad que era un tipo del que puedo decir aprendí mucho de cómo es la situación actual dentro del Cerro Rico. Hubo un momento en que nos pidieron ayudásemos a trasladar una viga a otros compañeros y aquello parecía pesar tres veces más de lo que pesaba realmente. Necesité sentarme un momento y pedí al grupo hicieran el último viaje sin mí, que les esperaba en ese mismo punto. No sé si por lo que se respiraba allí, el poco oxígeno, o por el agotamiento, me empecé a marear bastante. De pronto me encontraba allí sentado totalmente a oscuras tratando de no desmayarme. Cuando la vista emborronaba la poca luz de la linterna me eché agua a la cabeza para espabilarme.
Finalmente fue sólo un susto, una bajada de tensión y muy pronto llegaron los demás. Pedí detenernos un poco, beber líquido, y el hombre nos llevó junto a los mineros a los que habíamos ayudado a sentarnos un rato tranquilamente. Compartimos más hojas de coca y salió, no sé de dónde, una botella del alcohol que habíamos probado antes. Aquella era la manera de soportar lo insoportable, y por un lado no me extrañaba en absoluto.
Continuamos caminando, siempre hacia abajo y nunca retornando sobre nuestros pasos, lo que nos hacía esperanzar a muchos que la salida no podía estar demasiado lejos habiendo pasado ya tres horas en aquel horno oscuro y mojado. Aun así, entre nosotros ya hablábamos que eran más las ganas de saber que el miedo o la posible claustrofobia.
CONTINUARÁ....