Bien: yo respeto
a mi modo brutal, un modo manso
para los infelices e implacable
con los que el hambre y el dolor desdeñan,
y el sublime trabajo; yo respeto
la arruga, el callo, la joroba, la hosca
y flaca palidez de los que sufren.
Respeto a la infeliz mujer de italia,
pura como su cielo, que en la esquina
de la casa sin sol donde devoro
mis ansias de belleza, vende humilde
piñas dulces y pálidas manzanas.
Respeto al buen francés, bravo, robusto,
rojo como su vino, que con luces
de bandera en los ojos, pasa en busca
de pan y gloria al istmo donde muere.
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