Cuarenta grados a la
sombra, una adolescente con vacaciones y un niño pequeño, fueron motivos
suficientes para que mi madre accediera a mis suplicas de ir a piscina municipal.
Llevaba tres días dándole la murga para que nos llevara a mi hermanito y a mí.
El hecho de que mis padres se conocieran y que mi madre descubriera las
infidelidades de mi padre en una piscina, la condicionó para no querer volver a
una en mucho tiempo.
Pero eso ya era agua pasada, hace dos años que se separaron y ya debía de ir superándolo. La convencí con el pretexto de que el cerdo de mi padre no debía de condicionar su vida y la de sus hijos. Pero mis pretensiones iban un poco más allá, ya que el socorrista de la piscina a la íbamos, era Julián. Un chico guapísimo dos cursos mayor que yo, que conocí en la fiesta de fin de curso y del que me quedé prendada sin remedio. Puede ser que el hecho de que mis padres se conocieran y se enamoraran en una piscina me determinaba a pensar que yo podía correr la misma suerte, no se si sería así o no, pero me negaba a no intentarlo.
El día en el que fuimos apenas había bañistas, teníamos casi todo el recinto para nosotros solos. Cuando entramos a la zona del césped donde nos íbamos a colocar, fue cuando lo vi. Allí estaba Él, subido a la silla del socorrista, sus gafas de sol, su camiseta blanca con las mangas cortadas y su escueto bañador rojo intenso me hicieron suspirar en voz alta llamando de inmediato la atención de mi madre. Afortunadamente me percaté y lo achaqué a las altas temperaturas y al cansancio de cargar con la nevera. Mi hermano Luisito ya corría alrededor de mi madre con los manguitos puestos, no paró de correr hasta que tropezó y cayó al suelo rompiendo en llantos. Mi madre se apresuró a soltar las bolsas y a cogerlo en brazos, pero no paró de llorar hasta llamar la atención de las familias que se encontraban en el recinto.
Pero eso ya era agua pasada, hace dos años que se separaron y ya debía de ir superándolo. La convencí con el pretexto de que el cerdo de mi padre no debía de condicionar su vida y la de sus hijos. Pero mis pretensiones iban un poco más allá, ya que el socorrista de la piscina a la íbamos, era Julián. Un chico guapísimo dos cursos mayor que yo, que conocí en la fiesta de fin de curso y del que me quedé prendada sin remedio. Puede ser que el hecho de que mis padres se conocieran y se enamoraran en una piscina me determinaba a pensar que yo podía correr la misma suerte, no se si sería así o no, pero me negaba a no intentarlo.
El día en el que fuimos apenas había bañistas, teníamos casi todo el recinto para nosotros solos. Cuando entramos a la zona del césped donde nos íbamos a colocar, fue cuando lo vi. Allí estaba Él, subido a la silla del socorrista, sus gafas de sol, su camiseta blanca con las mangas cortadas y su escueto bañador rojo intenso me hicieron suspirar en voz alta llamando de inmediato la atención de mi madre. Afortunadamente me percaté y lo achaqué a las altas temperaturas y al cansancio de cargar con la nevera. Mi hermano Luisito ya corría alrededor de mi madre con los manguitos puestos, no paró de correr hasta que tropezó y cayó al suelo rompiendo en llantos. Mi madre se apresuró a soltar las bolsas y a cogerlo en brazos, pero no paró de llorar hasta llamar la atención de las familias que se encontraban en el recinto.
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