Un
desafortunado imprevisto le había dejado estancada en aquella pensión. Un
hombre cuidaba de ella todos los días. Tenía un desagradable sentido de la
compañía; estaba, sí, pero casi siempre se quedaba dormido. Él no quería cobrar
por aquel servicio y ella desde hacía un tiempo había dejado de insistirle.
Había conocido aquella casa repleta de objetos, adornos, cuadros y muebles que
aquel inquilino se estaba encargando de hacer desaparecer posiblemente cobrando
algún dinero a sus espaldas. Sólo le quedaba un viejo pero cómodo sofá. Aquella
rutina terminó por pesar, al igual que el poso se acumula en el fondo del vaso,
y se propuso no volver a hablar con él mientras siguiera con vida.
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