sábado, 30 de enero de 2021

Angel con forma de hombre (Mevlana)

 La razón dice, “lo seduciré con el verso”; el Amor dice, “Calla, lo seduciré con el alma”.

El alma le dice al corazón, “Anda, no te rías de mi ni de ti. ¿Qué hay que no sea suyo para que yo lo seduzca?”
No está afligido ni en busca de olvido para seducirlo con vino y medidas crueles.
La flecha de su mirada no necesita curva para engañar el eje de su mirada con una venia.
No es prisionero del mundo, engrilletado a este mundo de tierra, para seducirlo con oro del reino mundano.
Es un ángel en forma de hombre, no un lujurioso para seducirlo con mujeres.
Ángeles emprenden desde la fuente de la forma, ¡cómo puedo seducirlo con una similar!
No toma un rebaño de caballos ya que vuela con sus alas, la luz es su alimento, así que ¡cómo podría seducirlo con pan!
No es un mercader ni comerciante en el mercado del mundo para seducirlo con el encanto de pérdida y ganancia.
No está vendado para hacerme el enfermo y echar suspiros para seducirlo con lamentaciones
Vendaré e inclinaré mi cabeza ya que me descontrolé. No atraeré su compasión con males ni agitaciones.
Milímetro a milímetro él ve mi corrupción y falsedad. Nada permanece oculto ante él para querer seducirlo con lo oculto.
No busca fama, ni es príncipe adicto a poetas, para seducirlo con versos, letras y poesía florida
La gloria de lo invisible es demasiado grandiosa para seducirla con bendiciones ni paraísos Shams-e Tabriz: su elegido y amado – quizás logre seducirlo con los años en común.
Vi a mi amado deambulando por la casa. Había cogido un rebec y tocaba una melodía.
Con un plectro como el fuego, tocaba una dulce melodía, ebrio, disoluto y encantado por el Sabio vino.
Estaba invocando al Tabernero al ritmo del “aire de Irak”1 tuna persa; El vino era su objeto, el Tabernero, su excusa.
El tabernero, con rostro de luna y cántaro en mano, entró por una esquina y lo colocó en el medio.
Llenó su copa con vino flameante ¿alguna vez has visto que llamas broten del agua?
La colocó sobre su mano por los amantes, luego se postró y besó el umbral.
Mi amado se la quitó y se bebió el vino de un trago. Llamas de ese vino cubrían su rostro.
Estaba contemplando su propia belleza, y decía al ojo malvado: “Jamás ha habido ni habrá en esta era otro como yo”.

 

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